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El tránsito necesario

Viernes, junio 16, 1995 - 08:06 PM  Publicado por admin

El ejercicio de la profesión médica es una especie de crecimiento perpetuo. Además del crecimiento biológico, cuando en mitad de la carrera se aboca al difícil tránsito de la infancia a la edad adulta, el médico debe pagar una cuota de maduración adicional, al tener que acomodarse a diversos cambios a lo largo de su entrenamiento y preparación profesional.

Así, se sufren una tras otra muchas adolescencias: cuando se transita de los cursos de preparación básica a los semestres clínicos, cuando se asume la responsabilidad del internado, cuando durante la práctica rural se enfrentan “la dura realidad” lejos de la protección del Hospital Universitario y luego cuando, casi al final de la tercera década de la vida, se enfrenta el inflexible mercado laboral o se inicia un entrenamiento de post-grado.

Aún entonces, hemos de estar dispuestos a seguir sufriendo transformaciones sucesivas, en especial en lo que se refiere al conocimiento. La condición de “estudiante perpetuo”, de individuo que valora, como pocos, la actualización constante de los conceptos imprime cierto carácter especial en la personalidad del médico. Nadie, como el médico, ha de evitar rutinizar su quehacer profesional; al contrario, la renovación permanente de conocimientos y conceptos ocupará buena parte de su vida.

Así como en su momento Paracelso, Vesalio o Laennec fueron los abanderados de profundas transformaciones en los conceptos de enfermedad usualmente aceptados, la biología molecular es hoy en día la disciplina que representa una de las más profundas revoluciones conceptuales.

El tránsito epistemológico desde la idea del cangrejo hipocrático hasta la noción de neoplasia como una enfermedad genética es un evento extraordinariamente profundo y significativo. Sin embargo, es un cambio tan reciente que no alcanza a estar registrado en los textos de historia. Estos suelen extender su relato hasta el descubrimiento de la inefable “doble hélice” del ADN; que es precisamente el hito que marca el inicio de la nueva historia: aquella que hemos venido registrando frecuentemente en MEDICINA CONTEMPORANEA. Pero, además del cáncer y otras enfermedades de clara base genética, también la enfermedad coronaria, la diabetes, los procesos neurodegenerativos, el asma, y la infección, por mencionar unos cuantos, han empezado a ser vistos y comprendidos merced al aporte invaluable de la biología molecular.

Así mismo, la terapéutica moderna ha redefinido sus objetivos buscando, más allá del alivio del síntoma, la inhibición de moléculas, el bloqueo de receptores o la inducción de procesos celulares bien definidos, como metas que modifican el curso de las enfermedades.

Hace ya tiempo que la biología molecular dejó de ser una curiosidad que tan solo interesa al encumbrado experto en la materia; la biotecnología, la producción de moléculas recombinantes, la ingeniería genética, son la vanguardia de la medicina contemporánea, pero sus aplicaciones serán de uso abrumadoramente cotidiano en los próximos años.

El médico que, como anotaba Gregorio Marañón “… no tenga el espíritu rígido y momificado por la pedantería y el dogmatismo…”, ha de comprender la importancia de efectuar ese tránsito necesario hacia la biología molecular y ha de aprehenderla como única forma de mantener verdaderamente vivo su ejercicio, su talante de estudiante (y estudioso) perpetuo y su arte de sanador de enfermos.

JUAN MANUEL ARTEAGA DIAZ, M. D.
Editor

CARLOS ELI MARTINEZ D, M.D.
Editor Asistente

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